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July 18 Hoy estuve contigo. Te conocí, porque eras igualita. Seria, responsable
-por lo menos ésta sí lo es- rechazando las insinuaciones de los
hombres y acusando a todos de "ser igualitos", pero te veías preciosa,
de no ser porque sé que no eres actriz me la hubiera creído.
Ese vestido se te veía sensacional, el cuerpo -un poco más esbelta- era
precioso y dejaba ver esos muslos, que siempre he admirado, quizá lo
que más de ti. Pero llamaba la atención la similud en el trato; parca,
dedicada a lo tuyo, metida en tus cosas, sin esperar nada de nadie a
cambio y hablando mal de los hombres todo el tiempo "Todos son iguales"
haz dicho... Sin embargo me dio gusto encontrarme contigo, aunque haya
sido solamente por medio de la "Vida es una Canción", si no lo hubiera
visto, no lo hubiera creído, Pero terminó el programa, yo de comer y
tomar el café y volví a la realidad. Siempre oculta para tí misma... Yo
mientras tanto seguiré pensando que Hoy Estuve Contigo.
Un beso...
June 30 Por Roberto Rubiano Vargas
La relación que existe entre la literatura y el alcohol tiende a superar a sus comentaristas. ¿Por qué escriben los borrachos? ¿Es la literatura un síntoma más del alcoholismo? Estas páginas recorren, en todo caso, momentos culminantes entre los escritores aficionados a beber fuerte y los destellos de las frases con que describieron su fascinación. Levante su copa el lector. El vino, el licor, el trago, o sea todos esos fermentos de frutos y cereales que alteran la percepción, son parte de una amplia farmacopea que el hombre ha utilizado —desde que vive en sociedad—, para celebrar sus alegrías o calmar sus ansiedades. Por lo menos así lo registran los vestigios de vida cotidiana que reposan en los museos del mundo. Copas del más variado diseño, botellas y alambiques testimonian que desde hace miles de años la humanidad se emborracha con lo que puede. En Dinamarca se encontró un recipiente de la Edad de Bronce, que contenía los restos de una bebida hecha de la fermentación de cereales. “Para obtener una tosca cerveza —dice Antonio Escohotado— basta masticar algún fruto y luego escupirlo; la fermentación espontánea de la saliva y el vegetal producirá alcohol de baja graduación”.Las leyendas orales, los primeros versos conocidos, la Biblia y otros libros de origen sagrado y ritual mencionan una y otra vez la presencia de productos embriagantes en la dieta cultural de la humanidad. “Ay de vosotros, los que os levantáis de mañana a beber vino y llegáis a la noche ebrios de vino” (Isaías, 5.11). Un cronista de América, Waman Poma de Ayala, recuerda en el siglo XVI: “De como avía borracheras y taquíes [danzas ceremoniales] y no se matavan ni reñían; todo era holganza y hazer fiesta”.El alcohol como uso ritual, como diversión o como recurso de autoflagelación, tiene una larga lista de usos y costumbres. Hacia el año 1000, Snorri Sturlusson, en su Saga de los jefes del valle del Lago, se queja de que “los jóvenes desean quedarse en casa, sentados junto al fuego, llenándose la panza de hidromiel y cerveza. Por ello la valentía y el ardor se hallan en plena decadencia...”. La religión católica, pese a condenar el consumo del alcohol, incluye el vino en su ceremonia principal para hacer a sus feligreses sangre y carne con su redentor. La tradición griega tiene a Dionisio, que en la latina pasa a llamarse Baco. Dos caras para la misma deidad de la borrachera.El licor como rito sagrado de transformación personal tiene una larga relación con la literatura. Malcolm Lowry, uno de los autores fulminados por el alcohol, considera que “la agonía del ebrio encuentra su más exacta analogía poética en la agonía del místico que ha abusado de sus poderes”.En todo caso, sea como combustible de trabajo para algunos escritores o ingrediente químico para memorables personajes de novela, la lista de libros escritos bajo los vapores del alcohol o de ilustres escritores beodos es tan larga como la propia literatura. Aunque no cabe decir que literatura sea sinónimo de borrachera, sí puede creerse que sin el vino y sus celebraciones tal vez se habría perdido una buena parte del patrimonio literario de la humanidad.No todos los escritores son borrachos y muchos han llegado a cuestionar moralmente el licor. Catulo, poeta y borracho declarado, cantaba las glorias del vino pero también se burlaba del alcoholismo de sus contemporáneos, y de sí mismo, en el siglo I de nuestra Era. Boccaccio describió con palabras precisas —“No hay nada que sea tan deshonesto que no pueda ser contado con palabras honestas”— los placeres de la cama y de la mesa así como la picaresca del siglo XIV en los cuentos de su Decamerón, antes de sufrir una transformación espiritual que lo llevó a renegar de esta obra. Tolstoi y Chéjov despreciaron a los bebedores. Sin embargo, el proyecto de libelo antialcohólico más célebre puede ser el de Fedor Dostoievski (tahúr e hijo de alcohólico), quien se propuso redactar un pequeño folleto en contra del alcoholismo titulado Los borrachos y terminó escribiendo Crimen y castigo, una de las novelas esenciales de la literatura rusa del siglo XIX.Cada literatura tiene su propia tradición alcohólica. El vino fue compañía inseparable del dramaturgo Lope de Vega, del poeta Francisco de Quevedo y, en general, de los escritores del Siglo de Oro español. En su reciente saga sobre el capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte rinde homenaje al insigne poeta bizco, espadachín, burlón, borracho y mujeriego al dibujarlo en su ambiente natural de oscuros mesones y duelos a muerte con acero desnudo. Del mismo modo, la poesía francesa del XIX estaría incompleta sin Baudelaire y sin el licor de ajenjo. Sin el whisky habría sido imposible la obra de Malcolm Lowry, de cuyo relato “Cruzando el canal de Panamá” son las palabras que dan título a este escrito. El irlandés James Joyce también era adicto al whisky (“Mi reino por un trago”, masculla Stephen Dedalus en alguna página de Ulises) y Samuel Beckett, quien fue su secretario por un tiempo, heredó su gusto por las altas aguas escocesas. Sin el ron, a la obra de Ernest Hemingway le faltaría octanaje, y Robinson Crusoe habría sufrido mucho de no haber sido por los tres barriles de ron que Daniel Defoe le hizo salvar del naufragio.El alcohol acompaña las cuitas de los personajes de la literatura más a menudo de lo que sus autores deciden. Por eso, hasta los escritores más insensibles ante la botella han abierto sus páginas a algún borracho, en algún momento de su carrera, para incluirlo en sus obras como personaje.
El bar de los escritores Resulta obvio que el vino sea la bebida más relacionada con la literatura, porque después de la cerveza es una de las más antiguas formas de la ebriedad conocida por la humanidad. Lo probó Homero en el siglo VIII (a.C.), bajo la forma de la retsina griega que también emborrachó a los amigos de Lawrence Durrell en Corfú, antes de la Segunda Guerra Mundial, según lo contó su hermano Gerald, biólogo y humorista, quien hizo un amplio retrato de la familia Durrell en varios de sus libros. Se sirvió con abundancia bajo la forma de champaña en las fiestas en las cuales dilapidó su fortuna Alejandro Dumas y con moderación en las escasas visitas que recibió Marcel Proust, un autor que vivió de noche y durmió de día.La mayoría de escritores ha dejado una pequeña receta para el gran catálogo universal de la ebriedad. Raymond Chandler, el maestro de la novela negra y borracho profesional, dejó la receta del gimlet en su más acabada novela: El largo adiós. Escribió Chandler: “El verdadero gimlet está hecho mitad de gin y mitad de jugo de lima de Rose y nada más. Deja chiquito al martini”. A su vez Hemingway, en Islas en el golfo, incluyó su propia receta del daiquirí, que esencialmente consistía en eliminarle el azúcar. El maestro Faulkner, cuya afición a la botella se materializó en casi todos sus libros plagados de humo de tabaco y violencia, nunca dejó de alabar, entre párrafo y párrafo, el buen whisky de centeno, característico del sur de los Estados Unidos. Claro que la mayor parte de las menciones corresponden al whisky destilado ilegalmente; como denota su relato “Cuestión de leyes”: “... no estaba dispuesto a permitir que ni George Wilkins ni nadie viniera a la región en la que él había vivido durante 45 años y se pusiera a hacerle la competencia en un negocio que, desde sus comienzos, venía trabajando cuidadosa y discretamente por espacio de 20 años; desde que montó su primer alambique [...] No tenía miedo de que George lograra robarle parte de su clientela de siempre con aquella especie de bazofia para cerdos que había empezado a fabricar hacía tres meses y a la que llamaba whisky”.El ron, bebida de recios hombres de mar, pertenece con propiedad a la literatura del Caribe, aunque en el siglo XIX emborrachó a los piratas que acompañaron al Tigre de la Malasia en su aventura libertadora narrada en muchas novelas de Emilio Salgari. También a los marineros de Robert Louis Stevenson y a los aventureros de Jack London. Hemingway, en El viejo y el mar, equipó al viejo Santiago que luchó durante tres días con el gigantesco pez devorado por los tiburones, con una pequeña dosis de buen ron cubano. Esta maravilla isleña también está presente, de manera discreta, en algunos pasajes de Alejo Carpentier y bajo la forma de daiquirís y mojitos en Tres tristes tigres, de Cabrera Infante. Una novela escrita a ritmo de guarachas y boleros, y aceitada con muchas copas de variado grado alcohólico. Lo cual no deja de ser una paradoja pues en la época en que está ambientada, su autor era más o menos abstemio. Por último cabe mencionar que el ron fue cantado en la poesía de Nicolás Guillén y bebido por los jóvenes juerguistas de las últimas páginas de Cien años de soledad.Existen bebidas regionales, que delimitan territorios literarios. Tal el caso del pisco. Un buen ejemplo de su presencia es Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, que es una de las más largas bebetas de la novela latinoamericana, pues está situada de principio a fin en un bar de Lima llamado La Catedral. “¿Cuándo se jodió el Perú, Zabalita?”. El pisco está presente en la obra de otros escritores peruanos como José María Arguedas y en muchos cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Aunque el cuento alcohólico esencial para este último, también bebedor y empedernido fumador (tanto que escribió un libro titulado Sólo para fumadores), es Las botellas y los hombres, un encuentro entre un hijo arribista y su padre calavera durante el cual viven una larga borrachera de patético final que empieza con cerveza, sigue con pisco y termina con “champán”.Otra bebida andina, la chicha, está presente en la obra de Jorge Icaza, de Arguedas y de Manuel Scorza. También acompañó las noches de bohemia pueblerina de Julio Flórez, el Jetón Ferro y otros poetas que escamparon de la guerra de los Mil Días en las chicherías donde se reunía la Gruta Simbólica a declamar los chispazos y versos festivos que caracterizaron la literatura bogotana de comienzos del siglo XX: literatura de borrachos pueblerinos. En el caso del ecuatoriano Icaza, la chicha, el aguardiente y la cerveza son un recurso dramático para hundir a sus personajes, como el chulla Romero y Flórez, en el fondo de la desesperanza social donde habitan. A diferencia de Lowry, que considera la saga alcohólica una elección individual, Icaza recurre al alcohol como a un látigo para fustigar la miseria de la cultura andina.Horacio, en Rayuela, ofrece vino francés “de la casa” a los clochards junto a los puentes del Sena. Y con sus amigos del “club de la serpiente” lo consume con generosidad. Luego, en Buenos Aires, con Traveler y Talita, sigue bebiendo vino argentino para matizar tanto mate. Más al sur de los Andes, en El lugar sin límites, de José Donoso, la Japonesita y la Manuela le sirven vino chileno a don Alejo en un prostíbulo perdido en medio de los viñedos de la región vinatera austral. O más exacto sería decir en medio del infierno, el lugar sin límites.Cerca de este sitio, entre la tierra y el cielo, está Jorge Luis Borges, un autor cuya obra está llena de personajes que beben y sin embargo dejan la sensación de que para el autor no es un elemento de interés sino sólo un recurso más de su juego literario. Son cuentos habitados por cuchilleros y borrachos que beben “copas”, beben “ginebras”, toman “cañas”. Como los hermanos Nilsen, de “La intrusa”, borrachos, pendencieros y asesinos pasionales, que matan a la mujer que comparten para no dañar su relación filial.Es que en el amplio bar de los escritores todo cabe, todo vale.
Otras voces, otros tragosDe las bebidas de otras latitudes podemos mencionar el vodka, que inspiró a Dostoievski y produjo repulsa al médico y cuentista Antón Chejov: “El ruso es un cerdo —escribió éste mientras viajaba a la isla de Sajalin, en 1890—: si le preguntan por qué no come carne ni pescado, lo achaca a la ausencia de transporte. Sin embargo se encuentra vodka hasta en los pueblos más apartados de Rusia, y en la cantidad que a usted le plazca...”.La cerveza, la bebida alcohólica más antigua del mundo, tiene un amplio listado de escritores adictos a ella. Empezando por los japoneses, quienes beben una variante de la cerveza que no tiene gas ni hace burbujas: el sake. Mishima, Oe, Tanizaki o el medio británico Kazuo Ishiguro hacen brindar una y otra vez a sus personajes con este fermento del arroz. Obviamente entre los autores cerveceros hay que citar a Günter Grass, aunque en sus libros éste parece más inclinado al aguardiente alemán. Baudelaire la odiaba: “Se trata de una bebida extraída de los excrementos de la ciudad”, pero en cambio a Ernst Jünger (alemán también) le gustaba recordar el lema de una embotelladora: “La cerveza vuelve la sed agradable”. Y Rousseau en su Emilio le acreditó diversos beneficios para la salud: “Ese hombre nunca ha bebido otra cosa que cerveza corriente; siempre se ha alimentado con verduras y nunca ha comido carne, salvo en ciertos banquetes que ofrecía la familia. Al presente tiene 113 años, oye perfectamente, tiene buen aspecto y camina sin bastón”. En la literatura contemporánea la cerveza aparece en abundancia (y enlatada) en esos moteles baratos y bares de mala muerte frecuentados por los personajes de Raymond Carver y Richard Ford, los más destacados autores de la reciente “literatura de garaje”.Entre la larga lista de tragos regionales cabe mencionar el aguardiente colombiano, cuyo más destacado proveedor literario es el antioqueño Manuel Mejía Vallejo. Sus personajes lo consumen con el mismo entusiasmo con que su creador solía hacerlo. Jairo, en Aire de tango, bebía un trago de aguardiente antes de lanzar sus certeros cuchillos directo al pecho del enemigo. Las puntas ecuatorianas, un destilado de caña (alcohol al 56%) fermentado con cadáveres de gallinas y patas de vaca, aparecen, junto con la chicha, en Baldomera, de Alfredo Pareja Diezcanseco y otras novelas ecuatorianas. El tequila tiene un amplio catálogo bibliográfico, que va desde Los de abajo de Mariano Azuela hasta Bajo el volcán, aunque, como recuerda Vicente Quirarte: “La Revolución no bastó para que el tequila se impusiera como bebida nacional. Los amigos de Ramón López Velarde bautizaron el estreno del vate como cronista con una botella de coñac. En su novela Las batallas en el desierto, ubicada en pleno despliegue alemanista, José Emilio Pacheco subraya la urgencia de la clase media por acudir a bebidas extranjeras y “blanquear el gusto de los mexicanos”.Cada país, cada literatura moja su pluma en botellas de licor marcadas por aromas distintos, pero todas regidas por el mismo principio: el de explorar el alma del individuo.
Combustible literarioCada escritor tiene el trago que se merece. El vaso que acompaña sus cuitas de amor, sus momentos de depresión ante la incapacidad de iniciar una nueva novela, la celebración de un nuevo contrato o algún premio literario. El licor, en una u otra forma, siempre está junto a los escritores: como inspiración, como evasión o como diversión.Entre aquellos con vocación para escribir bajo los vapores del alcohol se destaca John O’Brien, autor de Leaving Las Vegas, novela sobre un borracho que decide morir desocupando botella tras botella. O’Brien, en la vida real, ayudó al alcohol a cumplir su mortífera labor pegándose un tiro. Pero el más destacado, sin duda, es Malcolm Lowry, quien no sólo llevó a cabo su obra borracho sino que elevó a categoría estética, en Bajo el volcán, su novela más conocida, la larga borrachera del cónsul de Cuernavaca. Algún acucioso investigador literario hizo una relación de la diversidad y el número de tragos consumidos en esta novela, que es una obra de culto entre lectores y escritores del mundo entero. En ella se consumen todos los tragos occidentales, vodka, gin y whisky. Abundantes cantidades de tequila —“sabe a agua oxigenada o gasolina”, dice alguno de los personajes que dialoga con el cónsul mientras lo beben acompañado de sal con chile anaranjado— y diversas variedades de mezcal, la brava bebida mexicana que puede producir entre bebedores poco expertos alucinaciones y otras variantes psicodélicas. “El mezcal de México es una bebida infernal —dice Lowry en carta a su editor—, pero es, no obstante, una bebida que usted puede adquirir en cualquier cantina, más fácilmente, me atrevería a decir, que el whisky en esos días en nuestra vieja y querida Horseshoe.” Aunque la embriaguez, el equívoco y la vida maldita fueron expresión del romanticismo de Shelley, Byron y demás colegas de fines del siglo XVIII, en realidad el protagonismo de los escritores borrachos, alcohólicos y perdidos vino a darse con el proceso de industrialización del siglo XIX. Un ejemplo típico es el de Edgar Allan Poe, quien murió víctima del delirium tremens en la puerta de una taberna. Charles Dickens, el cronista de la miseria urbana, hizo un retrato más bien patético de esos desalmados personajes abusadores de niños en Oliver Twist. Emile Zola, a su turno, presentó la brutalidad del proletariado víctima del vino y la explotación patronal en Germinal.Resulta curioso mencionar que la palabra “anarquía”, que algunos comentaristas de libros relacionan con la vida de los escritores bohemios y borrachos, no tiene nada que ver con la realidad. Como nos recuerda Hans Magnus Enzensberger en El corto verano de la anarquía, los anarquistas eran personas de hábitos muy regulares, con compañeras o compañeros fijos y casi cero alcohol en su vida, el vino sólo era para cenar y poco más. Así que entre el anarquismo y la dipsomanía no existe relación alguna.Otra cosa es ir contra la corriente, o lo que hace unas décadas se llamó contracultura. El ajenjo, un licor que caracterizó la contracultura del siglo XIX, fue adoptado por poetas como Baudelaire, considerados malditos por la academia, que veía en las aberrantes costumbres del poeta un delito contra la tradición cultural francesa: “Nada puede igualar, oh botella profunda,/ el penetrante bálsamo que tu panza fecunda/ guarda para el poeta de las piadosas voces”. A esta generación de “flores del mal” pertenecen poetas como Verlaine y por supuesto el más maldito de todos, el joven Rimbaud que escribió (bebiendo y mucho) su obra completa de un tirón y después se fue a traficar armas, marfil y toda clase de mercancías ilegales al África.Otra generación bañada en el alcohol industrial fue la que Gertrude Stein bautizó como la Generación Perdida. El grupo de Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Ford Maddox Ford y muchos otros que utilizaron el París de entreguerra para vivir de las ventajas del cambio de moneda y absorber el bagaje cultural que no existía en el provinciano Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX. En uno de los cuentos de París era una fiesta, Hemingway refiere que cuando trabajaba en su hotel de Montmartre “guardaba una botella de kirsch que trajimos de la montaña y echaba un trago cuando se acercaba el fin de un cuento o el final de una jornada de trabajo”. Sin embargo, fue Scott Fitzgerald el más destacado borracho de este grupo. Murió a los 46 años, víctima de un paro cardiaco, en Hollywood, mientras trataba de reanudar su fallida carrera de guionista cinematográfico. Estaba borracho al momento de morir.Después de este grupo siguió la generación Beat de la posguerra. Escritores que comenzaron a probar toda clase de embriagantes y estimulantes. Allen Ginsberg, Jack Kerouac o William Burroughs abrieron otra dimensión a la embriaguez y los estímulos a la percepción. Si bien se iniciaron con estimulantes bélicos como la benzedrina o la anfetamina, y fueron de los primeros experimentadores con el ácido lisérgico, siempre y sobre todas las cosas, se distinguieron por ser un grupo de ebrios militantes del alcohol en todas su variedades.El patrón supremo, Jack Kerouac, el más destacado narrador de la generación Beat, hizo una abundante obra literaria de tumbo en tumbo. Fue tan prolífico que escribió una novela, Del campo y la ciudad, en un largo rollo de papel para no perder tiempo con el cambio de hoja. Cuando mecanografiaron el rollo de manera normal dio una extensión de casi mil cuartillas. Su vida fue una larga borrachera ambientada por los sonidos originales de una música que influiría en todas las generaciones posteriores: el jazz interpretado por otro famoso borracho: Charlie Parker, sobre el cual —para completar la simetría—, Cortázar escribió su conocido relato “El perseguidor”. Jack Kerouac falleció de una manera típica para un alcohólico: una hemorragia interna producto de la ruptura de las venas del esófago que no pudo ser controlada pese a las 17 transfusiones que le hicieron.Muerte parecida tuvo el irlandés Dylan Thomas, uno de los grandes poetas irlandeses de este siglo y conocido borracho. Murió en Nueva York, en el legendario Chelsea Hotel (habitación 206), antes de un recital, víctima de un ataque cardiaco. En este mismo hotel trabajó (borracho) O’Henry y murió (bebiendo)el poeta irlandés Brendan Behan. También bebieron (y escribieron) durante diversas épocas Tennessee Williams y Vladimir Nabokov. Por contradicción, el único que no se mató ni se drogó y casi ni bebió en él fue el padre de todos los vicios: don William Burroughs, quien opinaba que el Chelsea Hotel “Parecía haberse especializado en muertes de escritores célebres... [sin embargo] era un hotel sin problemas, aunque pasaban montones de cosas... asesinatos, suicidios, sobredosis...”.Los hoteles son lugar favorito de los escritores para vivir, para beber y para escribir. La lista es muy amplia y no caben sino unos pocos ejemplos. En hoteles vivió Jean Genet y por supuesto un impenitente borracho llamado Charles Bukowski. Hemingway escribió en el Dos Mundos, de La Habana, y en el Crillon, de París. En moteles pasó mucho tiempo Raymond Carver y en moteles se desarrolló gran parte de la obra de Kerouac.Después de este autor y de la generación Beat, se desencadenó una frenética utilización de fármacos, licores y productos para machacarse el coco que no encuentra fin ni límite alguno. Desde los años sesenta hasta el presente, la humanidad conoció más variedad de formas químicas para disfrutar de la alteración de los sentidos, que todas las culturas humanas anteriores. Por eso hoy la perdición no tiene ese toque de genialidad que se le atribuyó en el pasado. Ahora ser cocainómano o borracho no garantiza la genialidad ni nada parecido.
Servir a dos señoresPara escribir bajo los efectos de la ebriedad se necesitan condiciones culturales específicas. Tal vez una de las muchas diferencias entre el sistema de trabajo de los escritores anglosajones y los hispanoamericanos es que mientras los primeros escriben en medio de la resaca o en la turbulencia de la borrachera, los segundos parecen necesitar que la ebriedad y el trabajo estén separados. Lawrence Durrell, autor del Cuarteto de Alejandría, por ejemplo, pese a su conocida capacidad para absorber alcohol, era capaz de componer y dejar lista para imprenta una novela en siete semanas de trabajo.La energía para el trabajo, en condiciones alcohólicas, es muy común en los escritores anglosajones, pues su educación calvinista les impulsa a cumplir responsablemente con su cuota diaria de palabras escritas sin importar el alto grado de alcohol que circule por su sangre. William Faulkner tenía una habitación pagada en un hospital de Memphis para recuperarse de sus periódicas crisis de alcohol y de esta manera no interrumpir su trabajo, que se hacía manteniendo la caldera a todo vapor mediante amplias dosis de whisky de centeno.Graham Greene es otro autor que podía recoger información para sus documentadas novelas sin apearse de la botella. Y por supuesto sus personajes eran proclives a beber sin descanso. “El alcohol es como el amor —le hace decir Raymond Chandler a Terry Lennox en El largo adiós—: el primer beso es magia; el segundo, intimidad; el tercero, rutina. Después de eso lo único que hacemos es desvestir a la muchacha”. Sin embargo, Chandler mezclaba largas horas dedicado a desvestir a la muchacha con disciplinadas jornadas para cumplir sus obligaciones editoriales y cinematográficas.En Hispanoamérica la situación es más bien inversa. En los años fundacionales del famoso boom era conocida la decisión de Mario Vargas Llosa, que hasta el cigarrillo dejó con el argumento de que no podía servirse al mismo tiempo a dos señores: la molicie y el trabajo. Gabriel García Márquez también cambió su estilo de vida, entre borrachos, putas y chulos, como cuenta Dasso Saldívar en la excelente biografía que le dedicó, para poder desarrollar su obra en la sobriedad de la vida familiar.Curiosa actitud ésta frente a un oficio como el de la literatura, una de cuyas características es que necesita cierta holgazanería para realizarse. Holgazanería que permite evadirse en los altos tropos de la nada y así crear un mundo paralelo al aburrido mundo cotidiano.Por eso, a lo largo de la historia de la literatura, la ebriedad ha estado presente en personajes patéticos o derrotados, “místicos que han abusado de sus poderes”. Ha dibujado escenas de diverso registro social. Pero sobre todo, el alcohol tal vez es una de esas herramientas de caprichosa utilización que mantiene al escritor entre el sueño y la realidad. Entre la mentira y la verdad. Lo mantiene cautivo en el oficio del encantamiento a través de la palabra. *Rubiano Vargas (Bogotá, 1952). Autor de los libros Gentecita del montón (1981) y El informe de Galves y otros thrillers (Premio Nacional para Libro de Cuentos Ciudad de Bogotá, 1992). June 27 Hace una semana fue nuestro último día como estudiantes, la última vez que cruzamos las puertas de la Septién como alumnos. No pude evitar que me diera nostalgia caminar por sus pasillos, recordar el sabor de la amistad en la cafetería de Don Rafa, visitar el estudio de televisión donde los nervios nos traicionaron tantas veces, aquel salón en el que hicimos nuestro examen de admisión, los escalones del laboratorio de foto y sus cortinas, las computadoras, la biblioteca. Aquí aprendimos a escribir con la pluma fría y las palabras calientes, las técnicas y el uso de los sentidos. Recuerden sobretodo que la vida es como la hacemos, y debemos disfrutarla. Ilse Maubert Roura, hablaba en el podium del Salón de Sorteos, de la Lotería Nacional, ahí en el lugar que había sido seleccionado como sede de la ceremonia de clausura de cursos de la generación 2004-2008 de la Escuela Carlos Septién García. Con estas palabras provocaba que varios de sus compañeros comenzaran a derramar lágrimas, como ella, la chica de la primera fila, que en la primera oportunidad corrió a buscar los brazos de su madre para llorar junto con ella y pedirle un pañuelo, sí, un papel o un trapo con qué secarse las lágrimas que le provocaba la nostalgia de dejar a un grupo de amigos, de compañeros, de estudiantes, que a su lado se había forjado ya una carrera de periodistas. Como ella, varios no podía contener las lágrimas mientras escuchaban a Ilse hacer un recuento de los ratos agradables, de los obligados por la academia, de los compartidos por los amigos, de los cuatro años que llegaban a su fin en esa que fue su escuela y que ahora les permite estar en la antesala de titularse como licenciados en periodismo. Hace cuatro años estábamos a punto de comenzar a vivir nuestras vidas, algunos ansiosos de ser lo que siempre soñamos, otros aun en la incertidumbre del rumbo de nuestras vidas. Desde entonces hemos crecido, algunos más bien hacia los lados. Pero es seguro que hoy somos personas más completas, más maduras, y aunque la palabra nos asuste un poco: adultos. Para llegar a ser lo que somos hoy tuvimos que conocer y aprender de personas, de fracasos, de enfrentar nuestros miedos y compartir nuestra vida con quienes nos rodean. Fueron cuatro años en que compartieron, departieron y se partieron el alma, quizá tiempo en que dejaron parte de sus alegrías por unos libros, o que se dieron vuelo llenando la cabeza de teorías y prácticas literarias y periodísticas. Ilse, la chica con mejor promedio de esta nueva generación, se los recodaba con sus palabras; Hay tantos recuerdos que invaden mi mente en estos momentos. Nuestras primeras prácticas en la cabina de radio, cuando el miedo paralizaba nuestra voz. El cambio de identidad. La obra de teatro, el cortometraje y el video musical. Los martes por la mañana cuando salimos hacia el zócalo, cámara y micrófono en mano a entrevistar y reportear. Todas estas experiencias que tal vez no nos formaron por completo, pero son parte de nuestro paso por la Septién, acompañados por nombres famosos: Kapuscinski, Truman Capote, Carlos Monsivais, Julio Scherer y Vicente Leñero. Nos aventuramos a viajar en barco con Noveccento, sufrimos con Las muertas, conocimos a un extranjero, entrevistamos a personajes famosos a lado de Oriana Fallaci, habitamos el territorio comanche y dimos un vistazo a El Aleph. La ceremonia se celebraba en el salón de sorteos de la Lotería Nacional, justo en la esquina de Paseo de Reforma y Rosales, frente a la célebre ya, estructura amarilla del caballito. Las autoridades de la escuela Carlos Septién García sentados arriba, en el estrado, de cara a todos, familiares, egresados, futuros periodistas algunos, periodistas en ejercicio otros. Muchos más dedicados a otras cosas. Las figuras del pasado y el ahora estaban presentes en esa mesa denominada presidium. El maestro Manuel Pérez Miranda, con su torpe caminar, ya por los años y las enfermedades que le aquejan, daba muestra con su presencia que las antiguas generaciones aún viven el presente. Querido por muchos, añorado por otros, criticado por algunos más, evidenciaba que su años como director fueron, quizá, mejor que los actuales y si no, que le pregunten a quien tenía a su lado, al actual director, el doctor José Luis Vázquez Baeza, quien siempre se ha caracterizado por su seco trato con los alumnos; por su porte serio y mal vestir, la corbata floja y el botos suelto en el cuello no podía faltar, pero aún así, felicitó a los nuevos periodistas de México y los exhortó a hacer valer estos cuatro años de academia y ponerlos en práctica para que en el futuro sean ellos quienes sustituyan a los actuales líderes de opinión. Pero había más, el profesor José Alfredo Páramo, el director de Control Escolar, el viejito cascarrabias que como profesor de ortografía se convierte en la sombra de muchos desde su inicio en la escuela misma. La maestra Yumin, la responsable de profesionalización de los estudiantes y el ya veterano Arnoldo, quien en su tiempos mozos -cuando yo estudié en una primera época- era el maestro de fotografía, el único, el incuestionable; ahora se ha convertido en el capataz de quienes no cubres sus colegiaturas, por que su tarea es la Administración de la "Septién". Y la verdad es que Ilse fue la portadora del agradecimiento en nombre de la generación saliente con una sabias palabras: Los maestros, que nos iniciaron en el mundo del deadline y nos mostraron las bondades de la pluma, nos compartieron experiencias y nos enseñaron que un periodista no es aquel que estudia continuamente, sino el que se gana el título con trabajo y talento. Gracias a ustedes que nos instruyeron, orientaron y corrigieron, gracias por que antes de ser los calificadores, hoy son los amigos que nos apoyaron en los momentos buenos y en los momentos malos. El evento, largo, pero lo suficiente para que los tres grupos de esta generación se dieran tiempo de vestirse y no, no es que estuvieran encuerados, lo que sucede es que habría de portar la famosa toga y el birrrete y, como siempre, el grupo vespertino, el más desorganizado, pero al final el mejor presentado -quizá porque sólo lo integraban 15 alumnos, cuatro de los cuales ni acudieron, tal vez porque no cumplieron con el requisito académico pasar todas las materias-, ocupaba el vestíbulo del lugar para con rapidez recibir la vestimenta que acababa de llegar. Bonitos se veían todos. El negro y rojo brillaban entre las primeras filas, más acompañado por las sonrisas de todos que veían la culminación de un esfuerzo. Ahora una nueva vida, la profesional, el enfrentamiento de la realidad, la actividad misma, donde los buenos, como lo decía Ilse, se "se ganan el título con trabajo y talento". La ceremonia se acabó, la "Septién" pasó a la historia para muchos, Ya sólo el Título les falta. La tesis muchas estarán preparando y algunos en fechas próximas llegarán a la verdadera graduación. Entonces sí, serán los periodistas del futuro. Así como los birretes volaron por los aires al final de la ceremonia, así habrás de volar los tiempos en que la grabadora, la computadora y el conocimiento deberán privar las vidas de muchos, porque el periodismo como dijeran por ahí, "es sacrificio y chinga". June 24
Perionotas / El Universal.- El poeta Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit, 1918) celebró sus 90 años de vida con una auto declaración de las razones que justifican su amor por la palabra y su firme empeño por hacer de ella la razón de su vida. Durante el Homenaje Nacional, celebrado en la sala principal del Palacio de Bellas Artes, donde se reunieron amigos como Dolores Castro (orgullosamente, maestra de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García), Emmanuel Carballo, Carlos Montemayor, Jaime Labastida y Eduardo Lizalde, el poeta aseguró que la poesía es una forma de entusiasmo y que él ha practicado con el afán de hermanar el sentimiento y el rigor a fin de mantener inalterable una vocación originada en la adolescencia, fortalecida durante la madurez y siempre guiada a convertir lo insólito en cotidiano. "Nuestro oficio consiste en hacer creíble lo increíble, en hacer inverosímil lo creíble, y entre los escritores que ya empezamos a pintarnos las canas lo adecuado es contribuir con el ejemplo, y cuando sea oportuno con la enseñanza, para que aquellos que inician el camino de las letras venzan con pericia los escollos", señaló Chumacero. El autor de tres libros escritos entre 1943 y 1956: Páramo de sueños, Imágenes desterradas y Palabras en reposo- con los que ocupa un lugar en el universo literario mexicano-, dijo que la poesía es una forma de entusiasmo que a veces, a través del tiempo, encuentra un límite vital. "Cuando se dispone de 30 años de edad ese ánimo se manifiesta con una presencia constante, si se cuenta con 50 años esa constancia a llegado a su apogeo, a su culminación, y al caer en los 90, se corre el riesgo de no continuar la culminación de los 50 y de perder el entusiasmo de los 30". Al homenaje acudieron Sergio Vela, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y María Teresa Franco, directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes. Sus amigos escritores destacaron la labor de Alí Chumacero como maestro, editor, tipógrafo, amigo y poeta, que lo han hecho un obrero de la palabra, poseedor de un lenguaje restringido a fuerza de verdadero, el más enamorado de sus esperanzas y el más alegre.
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